La Fortaleza Dorada Capítulo VIII: El Bello Durmiente

Criaturas similares a venados saltaban a lo lejos en la pradera, pero eran más grandes de lo normal, más hermosos, con colores mucho más definidos, como si la luz estuviese enamorada de ellos.

Kalidor se preguntó ¿cómo era posible que no se hubiese dado cuenta que aquel lugar no era natural, que había magia en todos lados. ¿O era que la magia se hacía más presente en la medida que se acercaban a la torre?

La torre misma no era ominosa, un edificio blanco con techo cónico azul, de cinco o seis pisos de altura, sobre una colina no demasiado alta. Bastante austero en realidad si lo comparábamos con la imponente torre que habitaba Selemto en la fortaleza. Y no obstante a medida que se aproximaban al lugar Kalidor podía sentir como su corazón latía con más énfasis, como advirtiéndole.

—Deberíamos volver —le dijo a Selemto casi susurrando.

De inmediato pudieron escuchar la música nuevamente, como si el viento la trajera de muy lejos.

—En este punto —dijo el viejo mago mirando atrás por un momento— no creo que eso sea una opción, debemos averiguar qué es todo esto.

Kalidor no entendía completamente por qué, pero sabía que su tío tenía razón. Continuaron caminando casi por inercia, y antes de darse cuenta se encontraron a la puerta de la torre.

—¿Una puerta para medianos quizá? —Preguntó Selemto de forma un poco socarrona al notar que el dintel apenas dejaría pasar al medio elfo sin inclinarse.

—¿Puedes leer este lenguaje? —Kalidor no había visto aquellos símbolos en su vida, pero estaba seguro que lo que estaba escrito en el arco era un lenguaje.

—Lamentablemente no, pero no creo que el señor de esta torre y esta magia, tenga algún uso para métodos de seguridad tan primitivos como puertas o rejas. Si nos hubiese querido fuera, no hubiésemos descubierto el jardín en primer lugar. —El viejo mago giró el pomo de la puerta y esta abrió. Selemto miró a Kalidor desde abajo con una mirada significativa.

El muchacho sintió como su estómago se encogía, pero entró junto a su tío al lugar. Para su fortuna el techo en el interior no era tan bajo como el portal. El interior de la torre en aquel primer nivel era un salón relativamente amplio. Una mesa para doce personas, la hermosa estatua de algún antiguo guerrero que fueron incapaces de reconocer. Una cocina modesta al final.

El segundo nivel los presento con una serie de dormitorios. Uno grande con cuatro literas, y otros ocho con camas independientes. No habían sido usados en mucho tiempo.

El tercer piso era alguna clase de laboratorio alquímico, con algunas herramientas tan curiosas que ni Selemto ni Kalidor se atrevieron a tocar.

—Todo está impoluto —señaló el viejo mago— el polvo ni se atreve a entrar en este lugar.

En alguna parte de su mente Kalidor había asumido que alguien había limpiado aquello de forma muy diligente recientemente. Pero era claro que no, nadie podría mantener aquel lugar tan limpio, aquello simplemente no era natural. Había magia hasta en los elementos menos esperados.

El cuarto piso era alguna clase de biblioteca, pero en lugar de libros aquello era una colección de papiros y tabletas de barro. Ambos intentaron interpretar los gliphos que podían leer sobre un papiro extendido sobre una de las mesas (aunque no se atrevieron a tocar nada), pero no entendieron ni la forma de los caracteres.

Y en el quinto piso se encontraron la “esperada sorpresa”. Kalidor terminó de poner el pie en el escalón con cuidado. Aquello era un pequeño dormitorio. En una esquina había un escritorio con otros papiros, junto a un tintero y una pluma. Pero en el medio de la habitación estaba un colchón de paja y sobre él un anciano con una larga barba que dormía plácidamente.

—¿Donde se supone que está el techo? —Preguntó Selemto al notar que el techado azul que se veía desde afuera, no podía observarse en el interior de la torre.

Rápidamente Kalidor le hizo señas que hiciera silencio, y le apuntó al hombre dormido. El mediano quien venía más atrás en las escaleras y no había podido verlo, enmudeció de inmediato.

Ambos se asomaron con cuidado, temerosos de terminar de entrar en aquella habitación.

—¿Y ahora qué? —Preguntó Kalidor en un susurro— ¿se supone que lo despierte con un beso?

—No creo que eso aplique en esta situación. —Respondió Selemto tan bajo como pudo.

Y sin embargo los escuchó. El anciano de la larga barba se removió en su colchón de paja, y abrió los ojos…

¿Quién será este misterioso anciano? Ya lo descubriremos en los próximos capítulos.

Foto de portada de Ray Bilcliff en Pexels.

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Lobo7922

Creador de La Cueva del Lobo. Desde muy joven me sentí fascinado por la Ciencia Ficción y la Fantasía en todas sus vertientes, bien sea en literatura, videojuegos, cómics, cine, etc. Por eso es que he dedicado este blog a la creación y promoción de esos dos géneros en todas sus formas.

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