Los Cielos de Júpiter: Diplomacia

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—¿Realmente piensas que será tan fácil Rackham? No somos los únicos oficiales a en esta base, si nos matas no hará ninguna diferencia. —Lo mejor de la voz chillona de Fernandez era que le permitía esconder su miedo muy bien.

Pero no había terminado de decir aquello cuando escuchó el sonido de los martillos de las armas al montarse.

—¿Entonces eso significa que es inútil negociar con ustedes? —La voz de Rackham era dura e inmisericorde.— Acabaré con ustedes ahora ¿qué gano con mantenerlos con vida?

—¡Espera Rackham! —El Amirante Gomez no estaba tan dispuesto a morir— Alberto, piensa en la moral de los hombres, si morimos aquí es muy posible que nuestros hombres también lo hagan, ¿no sería mejor perder la base pero salvar a nuestros soldados?

Por un momento el Gran Almirante no respondió, pero de pronto dejó caer los hombros y soltó su arma.

Pocos instantes después la aguda voz de Fernandez podía escucharse por todos los altavoces y comunicadores.

—Retirada, todos los soldados retírense y reagrúpense en el puerto. —La voz del Gran Almirante sonaba tan desolada que muchos soldados pensaron que se trataba de algún truco de los rebeldes, pero cuando nadie dio ninguna orden en contra se hacía claro que era cierta.

Los disparos se detuvieron y los soldados Inquisidores comenzaron a abandonar el lugar en silencio. Sheila casi no podía creérselo.

—¿Cómo se supone que hiciste eso? —Le preguntó incrédula a Louis.

—Todo fue idea de Diana, y si me disculpas creo que me necesita en este momento.

Rackham subió por las ahora despejadas escaleras, pero Sheila y los demás no venían mucho mas lejos, ninguno quería perderse el espectáculo.

—Hablando del Cesar… —Dijo Louis al entrar en el pequeño recinto donde estaban los Almirantes.

—¿Rackham? Pero ¿entonces quien está a mi espalda? —El Gran Almirante no terminaba de comprender.

—Esa es Diana Carter. —Explicó Louis.

Diana se quitó el casco y desactivó el campo de invisibilidad de su armadura.

—Ahora ¿donde tienen a mi padre? —Preguntó Diana aún pistolas en mano.

—Cálmate Diana. —Louis pudo notar que la Carter realmente odiaba a aquellos dos.— Y ustedes caballeros por favor pónganse de pie y negociemos como gente civilizada.

Al tiempo que se levantaba Fernandez no podía evitar pensar en Rackham bajo una nueva luz, es verdad que el muchacho nunca le había dado razón en pensar de él como un hereje enloquecido, pero esa era la idea que se había formado durante aquel tiempo. Pero un demente no pediría calma y no se sentaría a negociar bajo ninguna circunstancia.

—Y bien ¿cuales serán los términos? —Preguntó ayudando a Gomez a levantarse también.

—Lo primero era sacar a los soldados de la base, y ya lo han cumplido, gracias por evitar un derramamiento de sangre.

—Gracias a usted también. —Gomez evidentemente seguía aterrorizado.

—Ahora quiero saber ¿donde está mi padre? —Diana estaba desesperada.

—Carter evidentemente está encerrado en el taller de la base. —Explicó el Gran Almirante.— Está con vida y bien de salud, no tiene nada de que preocuparse.

—Voy a ir por él. —Dijo Diana de inmediato encarando a Louis.

—Ve, pero se cuidadosa.

—La base está vacía, pero tienes razón. —Diana volvió a ajustarse el casco y activó la invisibilidad.

Diana salió de la habitación y el Gran Almirante observó que Rackham no tenía armas consigo.

—No se equivoque Fernandez, yo no necesito armas para ser una amenaza.

—¿Es que puede usted leer mi mente?

—Tal vez, pero es mas fácil leer miradas, y la suya fue muy significativa.

—Y en cualquier caso yo estoy aquí afuera. —Sheila se asomó en la entrada portando un enorme rifle en las manos.

—Capitana D’Aramitz. —La saludó el Gran Almirante reconociendo de inmediato a la famosa pirata.

—Ahora soy Almirante, un rango equivalente al suyo.

—¿Es usted quien comanda las flotas de la rebelión entonces? —Gomez miró a Louis dudoso, pensando que aquello era raro.

Pero Rackham no respondió, fue Sheila quien aclaró.

—El Comandante en jefe es Louis, pero siempre escucha mi consejo en cuanto al manejo de la flota se refiere.

—En el manejo de la flota y mucho mas. —Admitió Rackham inclinando su cabeza en dirección a Sheila.— Ahora lamento interrumpir nuestra placida charla, pero debemos enfocarnos en nuestro asunto. Aunque antes me gustaría saber ¿Por qué razón la Inquisición trajo armas nucleares a Júpiter?

—Se suponía que esas armas nunca se utilizarían.

—¿Usted lleva a una guerra armas que no va a utilizar nunca? Es la primera vez que escucho eso.

—Bueno, pues digamos que no pensábamos utilizarlas si no como un último recurso. Pero un error al interpretar una orden, y el terror que usted causa en mis fuerzas terminaron en un terrible accidente.

—¿Entonces mi hogar fue destruido por accidente? —La voz de Louis se quebró por un instante.

Al ver la intensidad con la que Rackham se refería a la Universidad de Ganímedes como su hogar fue cuando el Gran Almirante realmente se dio cuenta de la extensión del desastre en que estaba hundido.

—Le aseguro que no fue nuestra intención destruir la Universidad de Ganímedes de esa forma tan terrible.

Louis asintió silenciosamente por un par de segundos intentando recomponerse y pensar correctamente.

—Muestre un gesto de buena voluntad entonces, deme los códigos para desarmar las cabezas nucleares y poder disponer del plutonio adecuadamente. —El gran Almirante intentó interrumpir, pero Louis levantó la mano y continuó.— Si no lo hace me veré obligado a destruir los sellos al igual que lo hice en la Nave de Batalla Supremo Conocimiento, ¿Se imagina el desastre que será todo ese material radioactivo esparciéndose libremente sobre la superficie de Calisto? ¿Cuantos años tardaríamos en limpiarlo? Pensemos juntos en el Futuro de las órbitas de Júpiter.

—Eso sueña muy bonito Rackham, pero una vez tenga los códigos de control, ¿quien me garantiza que no utilizará las armas en contra de la Inquisición?

—Lo invito a que se quede y nos vea desarmar las cabezas nucleares con sus propios ojos.

—Y una vez estén desarmadas ¿qué me garantizará mi vida?

—¿Tan deshonrado me cree? ¿En verdad? —Para el orgulloso Louis era difícil pensar que alguien lo consideraba tan bajo.

El Almirante Roland tomó el brazo de Gomez y le susurró.

—Esta es nuestra oportunidad de hacer lo correcto, ambos estamos tratando de hacer lo correcto aquí Alberto, Rackham nos está dando la oportunidad, no lo arruinemos, si quieres vete tú y yo me quedaré como testigo.

—No, no, tienes razón, nos quedaremos los dos, nos quedaremos los tres, Bonafide también, y una pequeña guarnición, estoy seguro que usted no se opondrá a eso ¿verdad Rackham? Un grupo de soldados y de civiles que sirva de testigo de que la Inquisición también está dispuesta a actuar con corrección.

—Me siento sinceramente sorprendido. —Los ojos de Louis estaban enormemente dilatados y su cabeza estaba tan atrás como lo permitía su cuello.— Pero sí, yo estaría encantado de darle esa tranquilidad al público.

—¿Qué hay de las armas nucleares en las otras naves? —Preguntó Sheila siempre práctica y al grano.— Diana me dijo que había una ojiva nuclear en cada crucero. ¿Qué harán con esas armas?

—Tiene usted razón Almiante D’Aramitz. —Admitió Fernandez.— Pero tras el accidente de Ganímedes y la perdida de la Supremo Conocimiento ordenamos requisar todas las armas nucleares y ubicarlas en esta base.

—¿Está dispuesto a que el sector civil corrobore lo que está diciendo? —Volvió a atacar Sheila.

—Estaría encantado, necesitamos que la población de Júpiter recupere su confianza en la la Inquisición y nada nos ayudaría mas que esto.

Entonces Louis se sentó en el piso e invitó a los otros a hacer lo mismo.

—Si lo que todos queremos es lo mejor para Júpiter, creo que ha llegado el momento de dar el siguiente paso y hablar de paz.

 

Los Cielos de Júpiter continuará el Viernes 13 de Junio 2014

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