Las naves venidas de la Tierra se enfrentaban a un enemigo invisible, minutos antes se apresuraban a asesinar a sus rematar a sus enemigos caídos, pero ahora solo les interesaba evadir el fuego de las pequeñas fragatas y corbetas que se escondían con multitud de hologramas falsos y el buen uso del camuflaje óptico.
Algunos Capitanes con imaginación incluso creaban hologramas de las grandes naves inutilizadas y las movían en derredor solo para confundir al enemigo.
—¿Ves como reaccionan al ver a aparecer los hologramas de las naves mas grandes? —Pasternack estaba encantado de ver su hipótesis confirmada.
—Han vuelto a activar esa extraña arma… —Corroboró Louis observando la proyección holográfica de la batalla con atención.— Pero ¿te das cuenta que no parecen poder activarla cada vez que quieren? Tienen que esperar algo de tiempo entre un ataque y el siguiente.
—Sus capacidades de fabricación de los nanites que componen el arma debe tener un límite. —El Profesor intentó hacer los cálculos en su mente.
—Creo que esa es una muy buena posibilidad. —Louis se apartó del holograma sintiéndose ya mas calmado y se asomó a la puerta— ¡¿Qué ha pasado con Waldemar, Violeta y Allan?! ¿Ya se encuentran en puerto seguro? Quiero toda la información en cuanto esté disponible.
El regreso a la gravedad normal era fuerte para los viejos huesos de Waldemar, pero al mismo tiempo era una suerte de inmenso alivio mental, ponerse de pie sobre sus dos piernas siempre le daba una sensación de seguridad y relajación enormes.
Violeta se abrazó a su espalda mientras estaba bajando de la nave, se dio la vuelta y le estampó un beso en los labios con fuerza. Durante los meses del viaje con frecuencia habían compartido una transmisión en la intimidad de su subconsciente, pero nada superaba el poder abrazarse y besarse en el mundo real.
Los amantes solo se separaron cuando escucharon a Allan vociferar:
—¡¿Pero cómo demonios Rackham permitió eso?!
—Eres el esposo de Sheila, tú mejor que nadie sabe lo difícil que puede llegar a ser tu Señora. —Diana intentaba hablar con la mayor calma posible pero aquello solo parecía enfurecer mas al Capitán Lee.
—¿Qué es lo que está sucediendo? —Violeta se aproximó a aquellos dos mientras Waldemar guardaba cierta distancia.
—Louis dejó que Sheila saliera aún sabiendo que tenía un embarazo avanzado, ahora la Supremo Conocimiento está varada en mitad del vacío junto a otra multitud de naves en medio de una batalla. —Allan golpeó con ira una pared.— Pero lo peor es que hasta ahora nadie sabe qué ha pasado con ella o con el bebé.
—Louis trató impedirlo tanto como pudo, pero ustedes conocen a Sheila. —Diana continuaba hablando con suavidad.— Todavía no sabemos nada de ellos porque están intentando guardar silencio en las comunicaciones para evitar ser detectados, pero Perceval está a cargo de la operación de rescate estoy segura que todo saldrá bien.
—Estaba nervioso hasta que escuché el nombre Perceval. —Waldemar dejó caer el equipaje que llevaba en la mano.— Tú lo conoces Allan, es un gran amigo y un gran hombre, si en alguien podemos confiar es en él.
—No, yo tengo que saber que está pasando con mi mujer, yo vuelvo a la batalla. —Allan comenzó a caminar con determinación hacia su nave.
—Allan ¡espera! —Violeta lo agarró por un brazo.
—¡No intentes detenerme Violeta!
—Nadie intenta detenerte muchacho. —Waldemar se mesó los cabellos y volvió a ajustar su gorra de Capitán.— Pero al menos deja que reabastezcan nuestras naves, ¿o es que pretende meterte en mitad de un combate sin misiles ni torpedos ni nada de nada? —El viejo Capitán se acercó y abrazó a Allan.— Calmate muchacho, calmate.
Colgado de la chaqueta del viejo, Allan no pudo evitar que las lagrimas se escaparan de sus ojos y que un par de sollozos salieran de su pecho.
—Es que no la he visto en tanto tiempo y ahora resulta que tal vez no la vuelva a ver…
—No pienses de esa forma muchacho, es de Sheila D’Aramitz que estamos hablando, y de Perceval ¿qué podría salir mal?
Las maniobras de la nave causaban que la orientación de la gravedad en la improvisada sala de parto variara ligeramente. Sheila se aferraba a la cama con fuerza.
—Como si no tuviera suficiente con los dolores del parto. —Masculló por lo bajo.— ¡No dejen que escapen! Les ofrecimos buenos términos de rendición, ¿no quieren aceptarlos? ¡Esta es la alternativa!
—Almirante, necesito que se concentre en pujar.
—Sí Doctor.
Aún pujando la D’Aramitz no pudo evitar mirar la proyección holográfica de la batalla.
La flota terrestre ya no era digna de llamarse una flota, su formación estaba totalmente dispersa cada nave intentando escapar de su fatal destino, las corbetas y fragatas en su persecución como fantasmas mortales.
—Concéntrate Sheila, concéntrate, ¡puja!
La Almirante se obligó a cerrar los ojos y abstraerse de la batalla, el enfocarse en su situación solo conseguía que los dolores se dispararan, pujó con fuerza cada vez que se lo indicaba el Doctor, creía que no iba a resistir, creía que se iba a desmayar y entonces escuchó el llanto.
Francis puso a la criatura brevemente en sus brazos.
—Es tan pequeña. —Fueron las primeras palabras de Sheila como madre.
—¿Qué nombre vas a darle? —Le preguntó el Doctor.
—Alanis.
—Así que el nombre del Padre, pero tiene la voz de la madre ¿sabes?
El tamaño de la niña no reflejaba la fuerza de sus pulmones.
El hogar de la Katherina era como de otra época, una casita pequeña junto a un lago artificial, con una sola habitación y una pequeña sala que también hacía las veces de comedor y cocina.
—¿Qué se supone que es esto? —Alphonse miraba los extraños objetos rectangulares que adornaban toda la casa.
—Libros hermanito, la gente solía conservar información de esta forma algunos cientos de años atrás.
—¿Quieres decir como una memoria? —Alphonse se tocó el pequeño cubo que llevaba en el cuello.
—Pero bastante mas limitado ¿lo ves? —Genevieve fue pasando las páginas con su mano.— Está limitado a la cantidad de páginas que puedas poner en el libro.
—Pero no necesita energía para funcionar. —A Alphonse le gustaba aquello.— Excelente para casos de emergencia.
—Vivimos en Ciudades Orbitales en mitad del vacío del espacio, si no tenemos energía estamos muertos, así que no veo el punto.
—Hmmm. —Él no tenía ganas de discutir con su hermana, pero hizo una nota mental para recordar aquellos «libros» a futuro.
El Administrador Fuenmayor les había dicho que el lugar se había convertido en una especie de museo para la gente de la ciudad, incluso habían personas que venían a limpiarlo regularmente y en efecto la casa parecía estar habitada, como si su ocupante apenas acabara de salir.
—Mira este, está escrito a mano, es un diario. —Genevieve no podía creer su suerte.
—¿Cómo escrito a mano?
Genevieve tomó la pluma que estaba junto al diario y le hizo señas a Alphonse como que escribía en el aire.
—¿En serio la gente hace eso?
—Hace cientos de años lo hacían, y Katherina poseía la capacidad, ¿quizá algo que les enseñan en la Tierra?
—Quizá, y ¿qué dice?
—En la última página del Diario, se despide de Louis, dice:
Mi adorado hijo, el tiempo se acerca, la enfermedad me consume, todo mi amor es para ti, y también todas mis preocupaciones. No quiero sonar fatalista, pero eres el heredero de Gimenez de pies a cabeza, ningún otro antes que tu tuvo tantas características del Gran Profeta como las tienes tu, y no me refiero solo al parecido físico.
Bien sé que reniegas de todo lo sobrenatural, haces bien, pero la humanidad no posee explicaciones para todos los fenómenos de la naturaleza, así que cuídate, sé que juras y perjuras que no deseas convertirte en Profeta, pero igual cuídate, tu destino vendrá a buscarte.
Los Cielos de Júpiter continúa este Lunes 22 de Septiembre 2014
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